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LA CAPACIDAD HUMANA PARA HACER LA GUERRA

 

3 de marzo de 2003

 

 

 

Desde que empezó todo este debate sobre una nueva guerra, en este caso contra Irak, sentía la necesidad de sentarme frente a un trozo de papel, dividirlo en dos partes y tratar de escribir en una y en otra los argumentos políticos y humanos a favor y en contra, convencido de que el análisis o resultado final se convertiría en un argumento moral a favor de la Paz, es decir, en mi argumento moral en favor de la Paz.

Quiero adelantar ya desde el principio, que el resultado final de este análisis no hizo más que avalar la posición, digamos que intuitiva, que mantuve desde el principio con un claro NO A LA GUERRA, a esa y a cualquier otra de las que desgraciadamente nos azotará las conciencias en el futuro.

Pero permitidme que aquellas reflexiones que yo hice desde la más absoluta soledad intelectual con el único soporte que me daba el vacío de un folio en blanco, os las transmita en voz alta de forma que, estando de acuerdo o no con ellas, sirvan también de reflexión íntima sobre el conflicto o añadan mas argumentos de los que yo he podido analizar.

Es cierto que todo conflicto bélico —dicen los estrategas- tiene repercusiones negativas y positivas. Con unas y otras podremos estar en acuerdo o desacuerdo, pero lo cierto es que hay quienes buscan resultados que pueden ser beneficiosos aunque nos resistamos a aceptarlo por cuestiones puramente de talante democrático y tolerante.

Ni los grandes filósofos pudieron ponerse de acuerdo sobre el sentido humano de la guerra y digo sentido humano porque en esto coinciden casi todos ellos, en calificarlo como un mal endémico de la raza humana. Algunos incluso justifican la guerra en determinados casos. En el fondo, aunque no lo comparto, sigue predominando la vieja concepción romana de que si quieres paz, prepárate para la guerra, que no discuto que sea pragmática y más o menos eficaz, pero que en mi caso, como decía John Lennon, creo que hay que darle una oportunidad a la paz, por eso, si quieres paz, prepárate para la paz.

Decía KANT (Ensayo sobre la paz-1795): La guerra es un mal inaceptable. Pero es un mal del que nadie se puede curar completamente. CLAUSEWITZ (Tratado sobre la guerra-1838) decía: La paz (perpetua o limitada) puede ser un ideal razonable, pero sólo eso. No hay posibilidad de erradicar la guerra del panorama humano. Y, por tanto, sigue valiendo el principio “si quieres paz prepárate para la guerra”. MARX (La lucha de clases- 1840) pensaba que la historia de la humanidad ha sido siempre la historia de la lucha entre clases. Y, por desgracia, la historia avanza o progresa, por lo general, por su lado malo. ENGELS (La lucha de clases-188O) es más radical y nos dice: Hay guerras justas y guerras injustas. Son justas y, por tanto, justificables, aquellas que se hacen para liberar a las clases y pueblos oprimidos. Finalmente, LEON TÓLSTOI (Consideraciones de su vejez- 1890) piensa que es una ilusión pensar que las armas pueden ser combatidas con las armas para aspirar a la paz. Tanto por razones morales como por razones políticas, la única resistencia justificada es la pacífica o no-violenta. Como se puede ver en esta mínima muestra, las opiniones las hay para todos los gustos. Tenemos, pues, que meditar en unos y otros argumentos y sacar luego nuestra propia idea, nuestra propia consideración.

Empecemos pues por los argumentos que yo entendí como favorables a la confrontación.

El conflicto que hoy nos amenaza, acabaría con el régimen de un tirano como lo es Sadam Huseín. Es uno de los peores dictadores que ha conocido la historia:

exterminó con armas químicas a miles de personas pertenecientes a la minoría kurda que vive en Irak; atacó a Irán únicamente por demostrar su hegemonía militar en la zona

—recordemos que con la ayuda de los Estados Unidos- dejando en el intento a un millón de muertos (según fuentes de Naciones Unidas) tanto de condición militar como civil; invadió Kuwait para apoderarse de su petróleo y luchó contra Israel para abrirse un marco de respeto que no tenía dentro de la Liga Árabe. Estamos pues ante un personaje que atenta sistemáticamente contra el orden internacional y contra la seguridad mundial. Dieciséis resoluciones en este sentido se aprobaron en el foro de Naciones Unidas, todas ellas desobedecidas por Sadam a lo largo de 12 años. Pero si todo eso es despreciable y execrable por sí mismo, más lo es el hecho de que esa violencia la ha ejercido también contra su propio pueblo al que mantiene atemorizado sumiendo a la ciudadanía en la más condenable pobreza —cuando es el tercer país productor de petróleo del mundo- y en la más absoluta tiranía política, suprimiendo a cualquier núcleo de oposición que, por falta de espacio político han tenido que organizarse fuera de su propio país para no pagar con sus vidas el derecho inalienable a discrepar.

Otra razón “positiva” sería que la guerra contra Sadam y la finalización del régimen que preside, podría ser un catalizador del cambio democrático en Oriente Próximo. Nadie duda que un Irak pacífico, próspero y reconstruido podría ser un modelo para la región, arrastrando en primer término a sus vecinos fronterizos de Arabia Saudí e Irán, siguiendo con el conflicto entre Israel y Palestina, de igual manera que la democratización de los países del Este europeo acabaron con el muro de la Alemania Oriental..

Pero, aunque estamos hablando de una guerra donde habrá sin duda importantes pérdidas de vidas humanas, lamentablemente, también hay razones económicas que, mucho me temo, tienen más fuerza que las razones políticas o humanitarias. Al fin y al cabo, la economía no es más que una forma concentrada de política, y la guerra es una continuación de ambas pero por otros medios. La guerra podría entonces ser una forma de hacerse con todas las rentas del petróleo de Irak. El botín de guerra se repartiría entre aquellos países que hubieran apoyado la ocupación, de forma que estos pudieran acceder al petróleo iraquí a precios más bajos de los establecidos en el mercado ya que los presupuestos de los países occidentales están confeccionados sobre la base de un precio medio que se sitúa entorno a los 24 dólares/barril, es decir, nueve dólares por debajo de la cotización al día de hoy. Esta última posibilidad ya la dejó caer de forma más o menos ambigua el Secretario de Estado Norteamericano, Colin Powell, en varias intervenciones públicas. Motivo colateral de este argumento económico podría ser el incremento de los beneficios de las compañías petrolíferas de los países del eje atacante. En este sentido, sólo decir, a título de comentario, que la Administración del presidente Bush mantiene estrechas relaciones con la industria del petróleo y está dispuesta a promocionar los intereses de las empresas acordando contratos en términos favorables para sus petroleras —en primer término- y para las de los países que apoyen su particular cruzada. Esta última posibilidad la apuntaba el columnista del “Financial Times”, Martín Wolf, cuyo artículo apareció publicado en el diario español “Expansión” el jueves, 27 de febrero de 2003.

Y aquí se terminan los argumentos que yo entendí que pudieran estar en el lado del plato que inclinase la balanza hacia la intervención militar en Irak. Indudablemente hay otros de tipo estratégico, y político, e incluso económico, que pueden esgrimirlos otras conciencias o Gobiernos, pero, como decía al principio, esta reflexión pretende buscar argumentos morales y éticos en los que por razones obvias estos conceptos no tienen cabida.

Una vez llegado a este punto, me empezaron a fluir los argumentos en contra. Lo hacían en tal cantidad que era como una avalancha de ideas que no sé si seré capaz de plasmarlas ordenadamente sobre el papel, entre otras cosas porque a uno le invade el pavor cuando tiene que valorar desde una perspectiva moral una intervención de este tipo.

La guerra debería de ser siempre el último recurso, y en este caso parece que no lo es. Por muy precisas que sean las nuevas bombas de alta tecnología estadounidenses, morirán miles de iraquíes inocentes.

La teoría de la Guerra Justa necesita que haya una buena intención. En este caso no soy capaz de leer el mensaje ni de ver claros cuales son los intereses que llevan a sacrificar la vida de tantos seres humanos. Esta no es una guerra contra el terrorismo, más bien parece un terrorismo de guerra. Sadam, aún con armas de destrucción masiva, no es un peligro que impida su desarme controlado por Naciones Unidas. Los lazos de Sadam con Al Qaeda son marginales. Entonces ¿ cuales son las buenas intenciones? ¿las próximas elecciones presidenciales norteamericanas? ¿el petróleo? ¿la seguridad de Israel? ¿la transformación política de Oriente Próximo? ¿el aviso hegemónico del nuevo guardián del orden internacional? No lo sé, en este sentido me abordan demasiadas dudas, por lo que volveré sobre ello más adelante.

Otro punto importante a valorar en esta guerra es la posición de seguridad en que quedan los países participantes en el bloque invasor. A pesar de que los terroristas islámicos odian a Sadam, una invasión de Irak incrementará las oportunidades de atentados terroristas árabes en Europa, Estados Unidos y Australia. Si se quiere democratizar Oriente Próximo, una guerra imperial no es la mejor manera de empezar ya que lo más probable es que al final veamos a una nación desgarrada entre los kurdos, los shiíes y los suníes, luchando por el control territorial como pasó en la antigua Yugoslavia.

Realmente nadie sabe que acción producirá el menor daño posible. Es cierto que el uso de la fuerza en sí mismo no es necesariamente bueno ni malo, ya que eso dependerá de las circunstancias. Un rechazo frontal y categórico a cualquier empleo de la fuerza puede en ocasiones interpretarse como algo que estimula la violencia del otro, que se aprovecha del recelo casi instintivo de una de las partes. Para ilustrar un poco esta hipótesis dejo caer la pregunta ¿cuántas personas más hubieran muerto de no haber habido una intervención militar internacional en Bosnia y Kosovo? Sin embargo, pese a la enorme tentación de equiparar a una situación con la otra, debemos preguntamos una y otra vez si una guerra de tanto alcance como esta, es la única respuesta y la más eficaz para combatir la amenaza de Sadam. ¿No será acaso un paso más dentro del empeoramiento de las relaciones entre Oriente y Occidente? ¿Hay alguien que pueda asegurar que el remedio no va a ser peor que la enfermedad? El mundo Occidental creo que tiene pleno derecho moral a terminar con Sadam y su régimen de terror, pero si para ello van a morir cientos de miles de iraquíes y norteamericanos, el ejercicio de ese derecho se convierte en algo inmoral en sí mismo.

Es evidente que esta guerra a la que de forma unilateral la Administración Bush calificó como “preventiva”, no tiene nada que ver con la Guerra del Golfo de agosto de 1991. Entre otras cosas, porque entonces se trataba de la invasión de Kuwait por las tropas iraquíes, y la guerra, con el mandato de Naciones Unidas, lo que pretendía era conseguir la paz con el restablecimiento del orden internacional. Es indudable que la pregunta final de aquella guerra, nos la hacemos todos en esta: ¿por qué entonces no se acabó con Sadam Huseín aprovechando la rendición del ejército invasor y la aceptación de las condiciones impuestas por los vencedores? ¿Qué motivó la detención de las tropas internacionales en la frontera iraquí cuando se contaba entonces con la aprobación de la coalición que unía a Estados Unidos, Europa y la antigua URSS, con el apoyo del mundo árabe y musulmán y con el visto bueno de Naciones Unidas? ¿Por qué no se tomó la decisión en aquellos momentos cuando había más elementos morales y éticos para hacer una intervención en toda regla? No se entiende la decisión de entonces por parte de Bush (padre) ni la de ahora por parte de Bush (hijo). Me temo que de nuevo en esta ocasión volvieron a pesar más los argumentos económicos que los argumentos políticos defendidos por los países beligerantes. No nos olvidemos que según Naciones Unidas, Irak necesita para los tres primeros años después de la guerra, inversiones por valor de diez mil millones de dólares.

La Agencia de Ayuda Internacional de EE.UU. va a licitar contratos a la industria privada por valor de novecientos millones de dólares. Y las compañías no estadounidenses, a excepción de algunas inglesas con implantación en EE.UU., están excluidas de la puja por razones de “seguridad nacional”, ya que, según Washington, las empresas involucradas en la reconstrucción de Irak tendrán que tener acceso a documentos confidenciales relativos a las operaciones militares.

El plan Bush es que el sector privado de EE.UU. y algo del inglés organice el negocio de la reconstrucción de Irak, dejando el seis por ciento de la inversión a las ONG.s. y la ayuda humanitaria de urgencia a la ONU., financiada por el propio Irak básicamente por la continuación de la gestión del programa “Petróleo por alimentos”.

Pero lo peor de toda esta confrontación política y militar es la futura hegemonía que la Administración Bush pretende imponer al resto del mundo.

A partir del 11 de septiembre, el escenario mundial cambia radicalmente y Estados Unidos, afectado en lo más profundo de su identidad por ese ataque, procede a replantear su actitud sobre el mundo.

La Administración Bush va a interpretar la sociedad mundial como anárquica y peligrosa y descubre un enemigo y unas amenazas reales a su seguridad y a sus intereses: el terrorismo y los Estados “rebeldes”, “El eje del mal”. Al mismo tiempo, considera que no sólo tiene la capacidad y el derecho para intervenir unilateralmente en el mundo para combatirlo, sino que, además, tiene el deber moral de hacerlo.

Este nuevo orden mundial se hace a la medida de Estados Unidos. Se escogen intereses políticos y estratégicos derivados de la búsqueda de la seguridad absoluta (sólo para EE.UU.) y a ellos se unen también los intereses económicos, derivados de la búsqueda de seguridad económica (sólo para EE.UU.). La definición estratégica de esa política se concreta en la doctrina Bush de la “autodefensa preventiva unilateralmente determinada”, presentada por el propio Bush ante el Congreso de los EE.UU. el 20 de septiembre de 2002.

El artículo 2.4 de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas prohíbe la amenaza y el uso de la fuerza por parte de los Estados miembros, con dos únicas excepciones: legítima defensa (Artículo 51) y decisión del Consejo de Seguridad (Capítulo VIII).

Sólo el Consejo de Seguridad, según dispone el artículo 39, tiene facultad de determinar cuando se está ante una amenaza de la paz o un acto de agresión. Dicho Consejo, según el artículo 24, es el único órgano que posee la responsabilidad primordial de mantener la paz y seguridad internacionales. Ahora bien, el Consejo de Seguridad nunca legitimó los bombardeos contra Afganistán. Tampoco ha autorizado a EE.UU. a amenazar y atacar a Irak, aunque para ello se escude en la resolución 1441 del propio Consejo.

Esta doctrina ilegítima de la administración Bush, no sólo afirma el derecho a lanzar ataques preventivos contra otros Estados y actuar al margen de las organizaciones internacionales, sino que establece que mantendrán su supremacía militar no permitiendo que se reduzca su inmensa ventaja militar sobre los demás países. Pero lo que no ve el presidente Bush es que la superioridad militar por sí sola no garantiza la seguridad, sino que debería ir acompañada de otras políticas tendentes a dar solución a los problemas políticos, económicos y sociales de la sociedad mundial. Y digo que esto no lo ve el presidente Bush porque, según todos los indicios y la opinión de los expertos estratégicos, Estados Unidos tratará de imponer un nuevo orden mundial, basado en la afirmación exclusiva y unilateral de los intereses de seguridad norteamericanos, entendidos en términos estratégico-militares y económicos, y en la consecuente práctica de una política intervencionista unilateralmente determinada, obviando, en consecuencia, la búsqueda de la seguridad a través de Naciones Unidas y de la cooperación y concertación multilateral con otros Estados. Estaríamos ante un tipo de imperio muy distinto a los del pasado, basado en el dominio del mundo en términos globales, con intervenciones puntuales, pero sin conquistas territoriales. Es lo que la Administración norteamericana interpreta como “Guerra justa”.

Pero ¿de donde saca el presidente Bush esta interpretación de “Guerra Justa”?

Este concepto ha sido acuñado por sesenta intelectuales norteamericanos en una carta abierta a los musulmanes fechada el 19 de febrero de 2002 como una justificación a la política bélica de los EE.UU. después de los acontecimientos del 11-S.

Los sesenta intelectuales reconocen que el “Eje del Mal” no es algo objetivo que separe a las naciones o a los credos religiosos, sino algo subjetivo que yace en el fondo de cada individuo; pero aclaran que “frente al mal..., lo mejor es ponerle fin”. Como podéis ver, queridos hermanos, tal conclusión -dice el Profesor José Herrera Peña- no difiere en nada de la moral de las películas de vaqueros (dicho esto con todo el respeto) ni de las enseñanzas fundamentalistas del presidente Bush. Significa esto, que si el bien está representado por los norteamericanos y el mal por sus enemigos, sean los que sean, es éticamente válido que los primeros eliminen a los segundos (como antes lo hicieron con los Apaches del lejano Oeste o con los mejicanos de El Álamo; ahora con los afganos, con los iraquíes, con los sirios o coreanos del Norte, entre otros). La guerra, pues, aunque debe impedirse porque es intrínsicamente mala, se vuelve buena y hasta justa cuando responde “a la violencia, al odio y a la injusticia...” del enemigo.

Lo que no se dan cuanta estos intelectuales norteamericanos, ni tampoco el presidente Bush, es que al sostener semejante teoría, no reparan en que sus enemigos tienen el legítimo derecho de pensar exactamente como ellos, pero desde un ángulo diametralmente opuesto; es decir, que la guerra es buena y justa contra EE.UU., cuando ésta responde “a la violencia, al odio y a la injusticia...” del gobierno norteamericano. Por ello el presidente Bush habla de ejercer la supremacía técnica y militar, para evitar tentaciones de que a él le apliquen la misma medicina que aplica a los demás, estimando que la guerra es esencialmente un conflicto de intereses y rehusando la pertinencia de todo análisis estructurado en términos morales. Evidentemente esta no es la opinión del humilde aprendiz que os habla, sobre el nuevo orden internacional.

Paralelamente a la imposición unilateral de este nuevo orden mundial, el proceso de construcción europea sufriría un estancamiento en su actual formato, no sólo como consecuencia de la división existente entre sus Estados miembros en cuanto a la posición a mantener frente a Estados Unidos, sobre todo después del ingreso de los nuevos miembros que se alinean casi en bloque con Norteamérica, sino también como consecuencia de la oposición de este país a una Europa fuerte e independiente, con su propia política exterior y de seguridad común y su política de defensa, en la que hay países como Francia y Alemania que no son incondicionales . Se acentuaría la división entre las dos Europas, una proamericana y otra independiente.

Por eso rechazo la actitud de España en ese alineamiento incondicional a favor de las tesis de Estados Unidos. Porque podría llevar a mi país a quedarse fuera del núcleo duro de la Unión Europea y ver debilitada su influencia en el Mediterráneo (nuestro entorno inmediato) y en el mundo árabe. Al mismo tiempo, al debilitarse la dimensión europea de España y acentuarse su alineamiento con Estados Unidos, quedaría fuera de los foros políticos, económicos y sociales de América Latina, perdiendo nuestra actual hegemonía y teniendo que replantearse su política en este sentido.

Hoy nuestra posición internacional es menos influyente al debilitarse las tres patas sobre las que se apoyaba la política exterior española: Europa, Oriente Medio e Hispanoamérica.

Se ha roto la unidad política europea en un momento crítico en que se va a producir la ampliación con la incorporación de 10 nuevos Estados, incumpliendo así el propio Tratado de la Unión Europea, que exige a los socios coordinar sus posiciones para desarrollar una política exterior y de seguridad común. Esta se ha vulnerado aceptando desde el principio la estrategia de la Administración Bush, sin consultar previamente con los socios. El daño causado para la construcción de una Unión Política va a ser difícil de reparar.

Se ha dilapidado el prestigio y la relación histórica que España tenía con el mundo árabe y musulmán, siendo la anfitriona de la primera piedra que hasta ahora se puso en el diálogo para la solución al conflicto palestino-israelí: La Conferencia de Madrid.

1-la perdido su posición política y estratégica que mantenía en América Latina por lazos de sangre y cultura. Al no ser portavoz de Hispanoamérica en Europa ni guardián de los valores de nuestra cultura en América. ¿Qué nos queda ahora? Sólo nos quedan las manifestaciones de la ciudadanía de toda España arrogándose un compromiso moral en contra de la guerra, dejando claro que no existen argumentos válidos cuando de lo que se trata es de acabar con vidas humanas inocentes. Pero además de todo esto, cuando España es por primera vez miembro no permanente del Consejo de Seguridad, su primera intervención rompe la legalidad establecida hasta el momento y facilita a Estados Unidos el establecimiento de ese nuevo orden internacional que, como dije antes, solo va encaminado a primar los intereses económicos y estratégicos de un solo país, de una sola nación.

Es alentador comprobar que la inmensa mayoría de la sociedad civil sigue pronunciándose contra la guerra y que buena parte de esas gentes se niegan incluso a que la legalicen con nuevas resoluciones que lo único que pueden conseguir es terminar con la vida de miles de seres humanos inocentes y meter a España en un conflicto internacional de previsiones difíciles de calcular.

Y no estoy diciendo esto en términos únicamente jurídicos o políticos. Lo estoy diciendo en términos más profundos, en términos estrictamente éticos y morales de credibilidad democrática, porque, cuando la política prescinde de su esencia democrática, no es la democracia la que debe ser cuestionada, sino la legitimidad moral de esa política.

Y con estos términos éticos y morales que tanto hemos utilizado para defender o condenar la guerra contra Irak, quisiera entrar en el último capítulo de esta reflexión.

El lenguaje ordinario no distingue entre los términos moral y ética. Usamos ambos indistintamente para referimos a normas, conductas y comportamientos del ser humano. Etimológicamente ambos términos se refieren, respectivamente, a “mores” o athos”, al comportamiento o conducta del ser humano conectado a las costumbres, a los hábitos y al carácter de los individuos.

Pero, como sabéis, hermanos, desde el punto de vista técnico-filosófico, las palabras moral y ética no tienen idéntico significado. Moral es el conjunto de comportamientos y normas que solemos aceptar como válidos; y ética es la reflexión sobre el porqué los consideramos válidos y la comparación con otras morales que tienen personas diferentes. Por eso se suele decir que la ética es la filosofía moral o disciplina filosófica que estudia las reglas morales y su fundamentación.

Por todo ello, tiene sentido que apliquemos al conflicto que estoy tratando de exponer, el valor de nuestra moral y ética, ya que si la moral se aplica a las normas, a todas luces esta guerra es ilegal pues no está avalada por las resoluciones y compromisos de Naciones Unidas, sino que obedece a otros parámetros o intereses ajenos a la norma aceptada por todas las naciones de la tierra (Carta fundacional de Naciones Unidas). En este sentido, yo digo que estamos ante una guerra inmoral.

Pero si la ética aceptamos que es la reflexión que hacemos sobre los aspectos que consideramos válidos de las normas morales que nos damos para el bien y la felicidad, en caso de estar a favor de la guerra, volvemos a tropezar contra la razón que valora las otras éticas, es decir, la ética de los demás. Por lo tanto, si la guerra es rechazada mayoritariamente por la ciudadanía —es decir, por los otros- podemos considerar que estamos ante el razonamiento responsable de un conflicto bélico éticamente inmoral. Y esto dicho desde la ética de la responsabilidad, ya que sin ésta, la otra ética, la de la convicción, es papel mojado.

Al final, como decía Marx, la guerra no deja de ser un conflicto entre ricos y pobres, entre el Norte y el Sur, entre los poderosos y los miserables. Por todo ello, y por el convencimiento de que como pueblo masónico podemos y debemos contribuir a la armonía y a la hermandad entre los pueblos, es necesario que aportemos nuestro esfuerzo personal y colectivo al lado de quienes trabajan incansablemente por la solidaridad y por la Paz.

 

He dicho.