LA MISMA LUZ


Lo divino en lo humano se contiene...

Arde una luz en nuestra pobre arcilla...

¡El más mezquino de nosotros tiene

en su conciencia un área sin mancilla!


Un área donde el Gran Desconocido

deja sentir su voz, su impronta marca;

¡Lo Infinito está allí reproducido

como el astro mirándose en la charca!


La lumbre astral, diamantina y pura,

tiembla en la charca y no se mancha en ella;

y del cieno en la sórdida negrura

brilla triunfal el ascua de la estrella.


Así en nosotros... En el barro anida

una alondra de luz que a lo alto vuela...

En ruido de palabras escondida

tan sólo en el silencio se revela.


Cuando el silencio su mandato extiende,

y cierra el labio y sella la garganta,

entonces sólo es que la luz se enciende,

entonces sólo es que la alondra canta;


entonces sólo es cuando el hombre advierte

que hay en el fondo de su ser precito

algo eternal que triunfa de la muerte

y una palpitación de lo Infinito;


algo, en fin, que nivela a los humanos

y que, sobre las leyes que nos rigen,

hace del santo y del bandido hermanos

en la estrella, en la luz, y en el origen...


El uno es cieno, el otro es agua viva,

el uno es charca, el otro es linfa pura;

pero la luz del astro, compasiva,

se refleja en los dos desde la altura.


Y aunque es en cada caso diferente

el barro humano en que la luz se abisma,

sólo varía el modo, el accidente...

Cieno, agua clara, santo o delincuente,

¡la luz siempre es igual, siempre es la misma!



Este poema, de inspiración masónica, fue escritor por el periodista, político y masón coruñés Q:. H:. César Alvajar Diéguez, miembro de las logias "Pensamiento y Acción nº 11" de A Coruña (Galicia, España), entre 1932-1936 y, en el exilio, de la logia “Franklin Roosevelt” de Montauban (Francia). Está fechado el 28 de septiembre de 1941, residiendo ya en esa ciudad francesa.